LA ADAPTACIÓN

La adaptación de esta versión de La flauta mágica al español y para chicos significó un triple desafío. En primer lugar, el desafío de traducir la obra intentando ser fiel a su espíritu. Segundo, hacerlo sin dejar de lado el lenguaje actual de los chicos. Y por último, lograr que todo ese texto rimara y se ajustara con la métrica musical. Parece y es un trabajo difícil, pero todo lo que tiene de difícil, lo tiene también de simple e intuitivo. Porque si hay una ópera que tiene la capacidad de hablar a todos los públicos al mismo tiempo, esa es La flauta mágica.


06Un príncipe perdido al que persigue una serpiente, una princesa a la que hay que rescatar, una reina sobrehumana y todopoderosa, un soberano justo que oculta una valiosa sabiduría y un antihéroe con plumas en la cabeza que quiere amar y ser amado, son los ejes constitutivos de la obra, y todos los asimilamos instintivamente porque formaron parte de nuestro propio idioma en la infancia y porque se remontan a personajes que pertenecen a la mitología, y que por lo tanto vienen siendo protagonistas de nuestra historia cultural desde hace siglos. Forman parte de algo así como un ADN cultural que nos constituye y nos define, lo sepamos o no. Por ejemplo, el príncipe Tamino se remonta a Horus, hijo de Isis, a quien cada amanecer persigue un dios que toma la forma de la serpiente Python. Juntos simbolizan la batalla diaria del sol contra la oscuridad. La Reina de la noche tiene mucha similitud con Hécate, la diosa de la venganza, a quien se la representa a veces con tres cabezas o rodeada de sus tres gracias (en la obra, las tres damas). Sarastro se asemeja al gran sabio Zaratustra. Y Papageno se parece mucho a Hermes o Mercurio, el mensajero, al que Homero describe como un pájaro. Todo este conocimiento “tácito” nos acerca a la historia de una forma intuitiva e instantánea.

La flauta mágica es aun más que eso. No es una clásica historia de buenos y malos con final feliz. Es una historia que pincela de claroscuros el mundo por donde transitamos. Por ejemplo, es Pamina, la hija de la oscuridad, la pieza clave para que Tamino pase las pruebas y se consagre al reino de la luz, porque es la oscuridad la que da valor a la luz. Y ese caos del comienzo, ese “estar perdido” frente a la serpiente o luego confundido en la puerta del reino de Sarastro, es la condición necesaria para que Tamino pueda iniciarse en la sabiduría. Y también son la soledad y desesperación de Papageno, las que le dan valor -y lo llevan- al amor que consigue después. Estos y otros “opuestos complementarios” arman la arquitectura de la trama. Son tinturas ambiguas que enriquecen diametralmente el relato y tornan necesario a cada uno de los personajes en el engranaje del cuento.

Pero por sobre todas las cosas, el poder de La flauta mágica está en la música. Intuitiva, auténtica y hasta familiar, habla un idioma universal que los chicos pueden comprender perfectamente (aún si está cantada en alemán). En 2013 dirigí esta ópera en su versión original. Mi hija tenía tres años, y podía escuchar esta música por horas, sin parar. El impacto fue único. Esa inmediatez, esa cercanía, esa ausencia de intermediación y protocolo, todo eso es Mozart.

04Así que cuando tuve que abordar el acto profanador que constituía “tocar” una obra de Mozart y adaptar el libreto de su amigo Schikaneder a versión infantil, empecé por escapar del polvo y la formalidad que tanto alejan a las nuevas generaciones de la música clásica (y que la obra original definitivamente no tiene), y concebir una versión que de alguna manera pudiera mantener viva la alegría y el disparate que Mozart nos transmite en muchos momentos.

Porque estamos, quizás, ante el más grande compositor de todos los tiempos, que tuvo la extraordinaria virtud de la honestidad. Con ella pudo comunicar, a través de la música, sus emociones enteras y de manera directa. Cada emoción llega pura al espectador, como un disparo. Por eso lo podríamos escuchar una y otra vez, por horas y sin parar.

María Jaunarena – Directora escénica